Lic. Mario Gómez

Director de Le Bleu Negocios Inmobiliarios SA

 

Desde hace más de 40 años, el mercado inmobiliario habla en dólares. Esto tiene su correlato en la historia inflacionaria del país. Por otra parte, la dolarización de portafolios se considera un índice de la desconfianza interna en la consistencia de una economía.

 

En Argentina existe un régimen bimonetario: se pueden concertar operaciones inmobiliarias nominadas en dólares y además la gente ahorra en dólares. Todas esas operaciones entran dentro de lo que se técnicamente se denomina “fuga de capitales”. Sin embargo, es importante distinguir: no es lo mismo comprar dólares para adquirir inmuebles que llevarlos a una cuenta off-shore. La fuga de capitales propiamente dicha, es una de las peores lacras de las economías subdesarrolladas, puesto que supone canalizar ahorro interno, que podría servir para expandir el empleo de calidad, para llevarlo al exterior o, en el peor de los casos, neutralizarlo en una caja de seguridad o en un colchón. Encauzar el ahorro a través del mercado inmobiliario es todo lo contrario que eso: en la Ciudad de Buenos Aires el sector significa un 14% del PBI, genera 130.000 puestos de trabajo (8,2% del empleo) e involucra a 20.000 empresas, el 99% de las cuales son Pymes.

 

Hoy vivimos un momento especial, por la cercanía de las elecciones nacionales y nos planteamos cómo hará el nuevo gobierno para detener la fuga de capitales.

 

Una de las estrategias que los países utilizan para evitar la fuga de capitales consiste en imponer severos controles en las operaciones de cambio de divisas. Son medidas que obligan a negociar las divisas obtenidas en el comercio exterior a través del mercado oficial de cambios. Sin embargo, la mayoría de los países se resisten a implantar medidas de control de cambios porque se han demostrado bastante ineficaces dado que dan lugar al fenómeno de subfacturación de exportaciones y sobrefacturación de importaciones que son recursos empleados para mantener las divisas en el exterior. Por otro lado, un mercado estricto de venta de divisas, da lugar al surgimiento de un mercado paralelo clandestino.


La otra estrategia para evitar la “fuga de capitales” se basa en mejorar las variables macroeconómicas y brindar estabilidad jurídica a los inversores –internos y externos- lo que supone, en términos más generales, mejorar la calidad institucional del sistema. Cuando esas condiciones no existen los inversores internos se fugan y los externos no vienen. De allí que un indicador de la confianza que emana de un país es determinar el nivel de inversiones extranjeras directas que recibe.

 

 

La Ley Gresham

 

Un país que tiene dos monedas cae en las garras de la llamada ley de Gresham, según la cual la mala moneda expulsa a la buena. Esto significa que el peso, supuestamente la mala moneda, es la que circula y se utiliza para la mayor parte de las transacciones, en tanto que la buena moneda, el dólar, sirve para el atesoramiento y el ahorro.

 

En este sistema bimonetario, en consecuencia, tenemos una moneda con altísima velocidad de circulación, que es el peso, y otra moneda con bajísima velocidad de circulación, que es el dólar. La velocidad de circulación del dinero es un concepto clave, puesto que, cuando esa velocidad es muy alta, el país que la experimenta está siempre cerca del precipicio de la inflación. En efecto, si un déficit fiscal relativamente pequeño fuera financiado con emisión monetaria, resultaría repotenciado por la alta velocidad de circulación de esta moneda y conduciría rápidamente a la inflación. Este es el peligro mayor de un sistema bimonetario: la hiperinflación a la vuelta de la esquina.